sábado, 27 de junio de 2015

Te escribí en el agua.


Supe que entre lo transparente y lo sucio hay una corriente que nos lleva desde adentro hacia afuera. Que las cosas que soñé ahora son una aventura y que en esa aventura necesitaba un compañero. 

Por eso escribí tu nombre en el agua. Sólo yo podía ver donde lo dejaría la corriente que llegara desde cualquier onda exterior. Parecía un lugar en calma esa superficie, donde nada podía ni siquiera perturbar la permanencia de las letras que te hacen. 

Era un sueño despertar y ver que debajo de tu nombre se reflejaba el cielo: las nubes blancas y el azul profundo marcaban un lindo contraste con la huella que habían dejado mis dedos al deletrearte. Las noches ¡ay, las noches! Esas donde las estrellas hacían del agua otro firmamento. Creía que mis ojos no verían belleza alguna repetirse durante lo que me quedara de vida.

Escribir en el agua era tan peligroso como escribir en el tronco de un árbol: significaba lo mismo pero con un efecto diferente, en el agua podías irte algún día. En el árbol quizá hubieras permanecido para siempre. Los días pasaban y seguía cuidando mi creación como si fuera la pintura que dio inició al arte. 

Pero sin querer un día desapareció: Desperté de un largo sueño que me mantuvo profunda y vi muchas gotas caer al agua: era la lluvia, que llegaba a mojarme y a avisarme que empezaba el invierno. Ella me dijo que era necesario, pues tu nombre ya no debía estar en el lago, que habías decidido escribirlo en un libro cerrado que sólo tú conocías.

Con dolor lo entendí: con la última onda se fue lo que yo escribí. Con esa última onda que fue mi primera lágrima.

Prometo olvidar como se escribe para no traerte de nuevo,

Adiós.